La muerte, ese sarmiento de vida aplazado en el tiempo, detenido a la espera de condiciones menos sangrantes, que se contempla a si mismo desplazándose como último aliento de vida, al compás de golpes secos. Tambores mortuorios suenan en las noches oscuras, sonidos que nunca se detienen, continuos, constantes en su retumbar apesadumbrado, quebrados y rotos, por la agonía que llevan arrastrando en su eterno caminar. Muerte que llora su muerte, entre noches oscuras y espesas, que sangran ante cualquier señal hiriente, llantos de pena por la luz del día, que la muerte nunca podrá llegar a mirar.

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