Un violento zarpazo desplaza las pulsiones de vida y con ellas los instintos de supervivencia quedan desamparados, desbocados ante una huida frenética que los aleja a unos de otros, facilitando de ésta forma la oportunidad de cobijarse entre subterfugios  de diferentes niveles, cada uno de ellos con su correspondiente anfitrión, pues son lugares a los que solo se puede acceder cuando no queda otra escapatoria. A cambio de permitir la entrada, al nuevo huésped se le privará de todos sus recuerdos hasta el momento. Sólo así podrá sobrevivir esa parte de sí mismo, que ha escapado del cautiverio de su propio encierro.

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