Cuando la silenciosa y sigilosa muerte te ronda, el sentido del olfato se desarrolla, se potencia, y se eleva exponencialmente, cada olor que percibe tu cerebro es clasificado, etiquetado y archivado en el lugar adecuado y preciso, para ser encontrado y recuperado a una señal puntual en el tiempo, una señal que permanece agazapada en el inconsciente, aletargada, en un estado de total hibernación, aunque sincronizada a unos pálidos y escuálidos latidos de corazón, ralentizados por el gélido frío mortecino.

Aún así las sensaciones van llegando a galope, se agolpan y aporrean tú mente, incesantes, incansables, como susurros tortuosos y monótonos, de monocordes melodías, que inesperadamente te sonríen y miran a los ojos, a la espera de una respuesta…y en su lugar, aparece un brutal zarpazo,  sin origen claro arrasa con todos los sentidos, que solo pueden  vibrar, al sentir como una gran masa acaba con ellos, ahora, las percepciones extrasensoriales son las que emergen, como un gran iceberg en su ayuda y protección, se volverán a replegar entre sus paredes heladas, las sensaciones de sus sentidos, como gritos ahogados.

Como cualquier ciclo natural, vida y muerte quedan unidas.

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