Qué estaríamos dispuestos a reconocer como verdadero a lo largo de nuestra vida, y qué mentiras seríamos capaces de asumir como verdades inquebrantables.

Si lo que desconocemos irrumpe en nuestro mundo, como un vapor mental, que nos aturde y desestabiliza, sembrando dudas, a cada paso que damos; si las corrientes que forman cortinas de humo, impregnan tú piel, con simulacros de sensaciones verdaderas, y las mentiras se transforman en verdades relativas, dónde se queda la mentira real y absoluta.

Qué nivel de complejidad y entramado mental debe alcanzar una mentira, para cubrir una vida entera, y ser capaz de dar sentido a toda esa vida, aún siendo tú, el principal observador y testigo de la verdad; tanto en la vida presente como en la pasada, si ésta sigue creando dudas, la mentira siempre parecerá más verdadera, más racional, más coherente, más lógica, que la propia verdad. Prevalecerá ante cualquier duda.

La verdad simplemente es inaceptable, nuca la has afrontado, porque la mentira ha quebrado siempre ese proceso mental, de asimilar. Entre la mentira y la verdad sólo puede existir vacío, inexistencia de pensamientos, emociones o sentimientos que busquen la comprensión, permaneciendo éstos, errantes, moribundos y agonizantes en la superficie del subconsciente, donde nunca podrán ser identificados con claridad, donde la mentira y la verdad tienen la misma cabida, la misma medida, la misma posibilidad de existir.

“El cerebro humano necesita las mismas condiciones que un volcán, para entrar en erupción”

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