Es difícil saber quién eres,  cuando tu identidad desaparece como la bruma de la mañana. Cuando eres tú mismo quién elige abandonar por un tiempo el interior de tu mente, solo para poder descansar por un fragmento de tiempo, de esa larga e invisible agonía que produce tanto sufrimiento.  Y al regresar, encuentras que en tu ausencia han saqueado todo cuanto te era reconocible y aceptado. En su lugar alguien ha instalado un monstruoso campo de concentración que sobresale exultante, de entre unas extrañas empalizadas. Esperándote en la entrada, está tú carcelera con un gran manojo de llaves oxidadas, entre sus manos. Te sostiene la mirada mientras una sonrisa, sarcástica y burlona se va dibujando en su rostro. Entre sonoras carcajadas te arrastra fuertemente de una mano, mientras se dirige como un perro de presa, hacia el lugar en el que te va a dejar encerrada.

Mientras camina y tira con violencia de todo tu brazo, va hablando consigo misma. De repente, se gira sobre sí misma y clava sus ojos sobre tu cuerpo, al tiempo que te empuja fuertemente hacia el interior de la celda, tan fuerte que todo el cuerpo choca contra el suelo, el cráneo cruje en el impacto.

El sonido de sus pasos se van silenciando, y la misma voz, va hablando otra vez consigo misma. –Nadie te va a sacar de aquí. Yo soy la que manda.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *