Se planteará un verdugo, o sea ELLA,  en algún momento, la posibilidad de que su víctima, pueda llegar a aprender sus conductas, a leer sus gestos e interpretar sus miradas. Evidentemente no lo hace, cuando deja vivir a quien le ha infligido daños tan atroces. Quizás sea ese el detonante que nunca llega a estallar; la continuidad en el tiempo, eso es lo único que le aporta seguridad sobre sus actos, para mantenerlos en silencio, sin ser descubiertos por nada, ni nadie, excepto su propia víctima, lo más insustancial e insignificante.

Qué le ocurriría, a LA que se encarga de ejecutar la condena, si la persona herida de muerte en su lenta agonía, se apodera del control de la situación, y pone en práctica los conocimientos adquiridos a lo largo del tiempo, lo que ELLA misma le ha ido enseñado.

Qué pensará una torturadora nata en ese momento, evidentemente ningún sentimiento le llegará a alcanzar, simplemente porque en ELLA no existen, ahora sí, podrían aparecer explosivos impulsos. Cómo podría llegar ELLA a controlar esos estallidos, si no se molestó en observar a su víctima.

 Nada es tan útil como fingir ser débil ante tú enemigo…

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