Si fuésemos capaces de escucharnos a nosotros mismos, al mismo tiempo que a los demás. ¿Seríamos más inteligentes? Conocer al otro desde nuestro propio mundo interior, podría ser como sumergirte en el subsuelo de la inconsciencia, en el enraizado mundo del eco de sus palabras, para descender a su nivel más profundo, hasta encontrarte frente a frente, con un fracturado sustrato rocoso, quebrantado, a consecuencia de las profundas reacciones, que provocan los estímulos cortantes de la superficie.

Formándose una acumulación de pensamientos y sentimientos que tienen poder suficiente, para mezclarse con los tuyos propios, hasta llegar a la superficie de la consciencia, a la vista de todos, a la luz. Como dos mitades, una oculta y otra expuesta, a cualquier mirada. Apoyada una de ellas sobre su propia base oscura, de un tamaño equivalente, a la misma envergadura  del peso que soporta, su otra mitad, la que nadie sabe que existe, porque no es visible.

“Si toda gran construcción se realiza sobre un subsuelo dividido en sustratos, a tantos metros de profundidad como los que se pueden ver sobre su superficie”.

¿Qué nivel de profundidad puede tener la mente humana?

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