La estabilidad de la visión amenaza con extinguirse de un momento a otro, todo se distorsiona al paso forzado y obligado de tus pisadas, sabes que terminará desapareciendo del alcance de tu mirada esa insoportable y odiosa realidad, que parece rezumar desde tu propio interior, como un liquido viscoso y acuoso que se funde en uno solo, al mismo tiempo que resbala y se estanca entre cada uno de los miembros, que aún responden a las ordenes erráticas de un cerebro a punto de cancelar todo tipo de ejecuciones. A pesar de la oscuridad interna que ofrecen las tinieblas que envuelven todo tu ser, puedes continuar deambulando de forma incierta, sin reconocer ningún elemento bajo las plantas de tus pies, sin percepciones ya de esa trémula y espantosa realidad que ha dejado de existir, única y exclusivamente para ofrecerte el placer de sentir tu no existencia. Por fin todo ha desaparecido, incluso tu propio cuerpo parece flotar entre brumas, aunque  aún pude caminar y camina, continúa avanzando, necesita llegar a ese lugar que de repente se ha tornado en un punto tremendamente lejano, aunque la escasa y delirante consciencia que aún gobierna en ti, es capaz de susurrarte que tan solo es un error, una distorsión más que esa otra parte del entendimiento que reniega ante tal marcha, te provoca para hacerte desistir. La otra parte, la que aún domina la plena consciencia sabe con seguridad que ése lugar está cerca, casi estás ahí y podrás descansar, podrás aniquilar toda esa realidad que lleva implícita tantas memorias, como si se tratara de una cadena de ADN que traspasa generación tras generación como un lamento.

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