No se produjo ningún fragmento en el recién estrenado vínculo matrimonial, sino todo lo contrario.  Se fortaleció a través de un resquicio que Ella supo aprovechar. Lo uso como un punto de apoyo, una referencia, un ejemplo, un modelo a seguir. Lo utilizó para moldear y esculpir su propio aspecto externo, se dio forma a sí misma a través de una débil personalidad, manipulando a un esposo sumiso, fragmentado, diluido, desamparado y mermado por su propia estirpe de un linaje enfermizo y confuso.

Así se rescatan de la memoria conversaciones maritales, que Ella se jactaba narrar sin el miedo que da la posibilidad, de que entre esas historias que contaba se pudiera descubrir a sí misma. Sucesos que Ella retransmitían con una fuerte carga emocional,  emociones suplantadas y robadas de forma fraudulenta a quien era su verdadero dueño: a su marido.

Emociones y sentimientos, que Ella transformaba en intensos soliloquios que mantenía como suyos propios a través de su voz. Discursos que se han mantenido fuertemente unidos a un conjunto de imágenes sin aparente sentido. De entre todas esas narraciones, hoy cobra especial sentido una de ellas, por el simple hecho de haber permanecido intacta en el interior de mi memoria durante años y años, una imagen que estaba siempre presente ante mí, mirase hacia donde mirase, incluso al cerrar los ojos, aparecía con total nitidez la misma escena, totalmente viva, real como la vida misma, pues podías sentirla tan cerca de ti, que era imposible no contemplarla desde la distancia y el agotamiento, que produce su cercanía inmediata, o desde la desesperación de la incomprensión.  Una imagen que aparentemente transmitía consuelo y compasión, pero de la que tú solo podías percibir como observador directo e inmediato, una voraz crueldad que la arrasa a sí misma.

“Un hombre joven aparece en ella, llora como un niño desconsolado, abatido y mortificado por unos hechos recientes.  Está convencido de que nadie lo quiere, así lo expresa entre sollozos y lágrimas que brotan de sus ojos, desde una mirada que esconde  con vergüenza entre sus manos. A su lado una mujer casi de su misma edad, le está hablando con gestos furibundos, que para nada pretenden sustraerlo de la autocompasión en la que se ha refugiado. No. Son gestos que expresan lo que verdaderamente siente, Ella está ya cansada de la misma historia del desamor filial que padece su esposo. Le dice entre susurros que lo que debe de hacer es abandonarlos, apartarlos de su vida, pues ellos solo le generan sufrimiento, con Ella lo tendrá todo, nada le faltará si se mantiene fielmente unido a Ella, Ella será su familia. Dejará de luchar entre el bien y el mal, dejará de padecer injustamente, dejará de arrastrarse ante quienes él considera que no lo quieren”

Simplemente era eso, un pensamiento que él creía tener, unos sentimientos que lo torturaba desde que su padre pretendió matarlo. Un pensamiento que Ella instaló dentro de él porque necesitaba desvincularlo de su familia.  Igual que ha hecho con su propia prole. Transforma las dudas de los demás en odio, desprecio, rencor, negación…tu personalidad queda doblegada y postrada ante Ella cuando te convences a ti mismo de que es cierto lo que Ella te dice: nadie podrá quererte jamás. Entonces solo Ella te acepta como eres, y comienza a estrechar ese vínculo, hasta que no queda nadie a tu alrededor. Solo Ella.

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