Siempre ha sido así, desde que la razón habita en mí. Algunas partes del cuerpo masculino son como dispositivos capaces de medir el tiempo, cómo si se tratara de un péndulo esférico. Es simplemente una asociación de imágenes: Un hombre, un péndulo.

Contemplar el movimiento de un péndulo esférico me produce una sensación de asfixia, de miedo irracional ante esos lentos movimientos, como si en cualquier momento fuese capaz de detener su trayectoria, para atraparte entre sus líneas, reduciendo su velocidad en un instante predeterminado y encerrándote entre su poderoso espacio, que sólo él controla, para aplastarte ante cualquier movimiento inconsciente, que puedas realizar.

Tú mirada se queda enredada entre su movimiento, su mecanismo impide que puedas retirarla, es como un narcótico mezclado con gran cantidad de alcohol.  Mientras todo tu cuerpo es invadido por una extraña sensación de calor, un sopor nauseabundo; unos pitidos agudos e intensos penetran en tus oídos, con tanta virulencia que nada más puedes escuchar hasta que pierden inercia, al tiempo que todo lo que existe a tu alrededor se desvanece, se evapora, desaparece, sientes como tu cuerpo cae en picado hacia unas profundidades abismales, sin ni siquiera saber si llegaras a chocar contra algo, o simplemente es una sensación de caída libre.

Sin constancia en tu organismo del tiempo que ha transcurrido, la realidad en la que estás viviendo ese momento, te rescata de la estrepitosa caída. Ha existido un espacio de  tiempo en cualquier parte de tu mente, que ha sido capaz de recrear un maremágnum de emociones, tan ambivalentes que no te queda más opción que plantearte qué te ha sucedido. Te preguntas si eso les pasará a otras personas. Tú sabes la respuesta, pero es mejor archivarla en alguna parte de tú memoria, alejada de esas emociones, es mejor dejar pasar el tiempo. Dicen que el tiempo pone las cosas en su lugar… y el tiempo se transforma en olvido, porque no tiene ningún sentido que algunos hombres desnudos a ti te recuerden el movimiento de un péndulo.

De repente un buen día te despiertas, con una serie de imágenes en tu mente, que vas recordando con mayor intensidad, se van haciendo reales a medida que pasa el día. Como resultado, ves los personajes de una película en vivo, y en directo. Sorprendentemente las emociones, y las sensaciones que habías guardado hace ya años, salen de sus escondites como almas que lleva el diablo, y se colocan al lado de su correspondiente imagen, cada una se asocia con un momento perdido en el tiempo; y los fotogramas empiezan a tomar vida propia.

En orden van dando comienzo, y desarrollándose; formando una historia completa, con su principio y su final.  Mientras tanto, tú te repites a ti misma que eso posiblemente sea el residuo fragmentado de una pesadilla, que no recuerdas por alguna extraña razón, aunque la película no para de reiniciarse por sí misma, cada vez que termina. Hasta que percibes que estás experimentando todas esas sensaciones de nuevo, como si todo lo que ves y sientes, fuera real, o como si alguna vez hubiera sido real, entonces comprendes que la película no podrás borrarla de tu mente hasta que aceptes que no forma parte de un sueño, ni de una pesadilla. Forma parte de tu vida, fue real en un momento concreto de tu existencia, y sencillamente, por eso puedes sentir y experimentar esas sensaciones como reales, porque simplemente son recuerdos, que salen a la superficie.  Ahora todo cobra sentido y lógica.

Puedes verte a ti misma a través del tiempo. Tienes doce años, estas situada en la entrada principal del dormitorio de ellos, en posición recostada sobre el marco de una insistente puerta, llevas puesto un vestido de rayas verticales, de colores beige, azul y amarillo, desde esa posición estas contemplando la imagen que se desarrolla ante tú propia mirada helada, congelada en el tiempo, carente de cualquier tipo de emoción, o sentimiento. Te estás viendo a ti misma, cuando eras un bebe de tan solo unos meses; estas tumbada en el centro de su cama, vestida con un trajecito de hilo de color blanco, es verano, aún no tienes capacidad de movimiento propio, tan solo puedes agitar las manos. La niña de doce años está viendo como él tienes las manos aferradas al cabecero de la cama, mientras todo su cuerpo se deja caer sobre sus rodillas, apoyadas en la cama,  quedando la cara del bebe en el centro de esa especie de curva, con aspecto de gárgola humana salida de los infiernos.

Ahora sabes porque el movimiento de un péndulo te provoca esas sensaciones tan repugnantes.

Ella estaba allí, esperando a que el bebé dejara de llorar.

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