Hay tantos hechos, acontecimientos y circunstancias bullendo  en esta innegable realidad, que conforma éste presente tan débil e  incauto, que no hacen más que enturbiar en un fango hostil y putrefacto, todo lo que ya fue en otro momento rechazado, incluso negado y soterrado  bajo los propios pensamientos. La verdad más oscura que pudiera llegar a ver la luz del día, quedaba de ese modo anclada al propio individuo, su verdad sería, su realidad vivida a través de la palabra narrada, una realidad que si en algún momento llegaba a sentirse confundida y en tal estado se atreviera a alterar el curso natural de la historia, sufriría el peor de los castigos: el desequilibrio de toda una estructura aparentemente funcional y normalizada, lograda sencillamente con el transcurso de los años, pero sobre todo, gracias al uso constante de la palabra, siempre guiada en forma de narraciones verídicas, al fin y al cabo,  toda su realidad al final se la concedías tú misma.

Ahora con el paso de los años, todo se zarandea al emerger del subconsciente una sola palabra de esa gran lista que le da forma y cuerpo a toda la narración. Sólo una palabra martillea sin cesar, una palabra que es una orden, un grito feroz, una palabra que pronuncia una mujer…

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