El sentido de la vergüenza aparece en un niño entorno a los dos años, el pudor se hace más patente sobre los cinco años. Esta emoción está relacionada directamente con la conducta de los padres, unos padres que se preocupan por el bienestar de su descendencia se esforzaran en hacer que sus hijos se sientan seguros, tranquilos, sin miedos, a personas o entornos desconocidos, les afianzaran en su entorno social, por supuesto sin ridiculizarlos y sin burlarse de ellos en público. De esa forma cualquier madre es capaz de paliar los devastadores efectos de la vergüenza, no solo en el rostro de sus hijos, también en todo su cuerpo, en los espasmos que sufren cada uno de sus músculos, al mantenerlos bajo la presión que representa la inseguridad y la culpa para un niño.

Claro que existen otro tipo de madres. Madres que usan otros medios más eficaces incluso, que los que suelen usar las madres que solo quieren a sus hijos.

El menor atisbo de dignidad, de autoestima, de honradez; desparecen de tu alrededor sí estas cerca de Ella, porque Ella absorbe todo el significado que encierran esas poderosas palabras para cualquier ser humano, y las transforma en la humillación más absoluta y atroz que puede sentir cualquier persona. Eso es Ella, pura destrucción.

Con la humillación como su predecesora puede llevar a cabo ya cualquier tipo de acto, entre los que podemos destacar uno muy interesante.

La desinhibición.

¿Alguien se ha planteado alguna vez, cómo una madre pederasta; es decir una madre como la mía,  puede hacer que su hija se desinhiba? – Yo se lo voy a explicar, es muy fácil.

Pero antes nos vamos a introducir en el contexto apropiado para esta historia.

Por los años 80 en la Comarca del Poniente Granadino se comercializaba vino de las bodegas Industrias Campos, concretamente de la localidad de Loja. Seis botellas de vino en una cestas de acero, porque el vidrio por aquel entonces era retornable, más tarde se empezó a presentar en cajas de cartón, con su logo. Los había sin alcohol, tinto y con alcohol,  el etiquetado de éste último era de color verde, el verde es el único que yo he conocido y por tanto el único del que tengo recuerdos.

En nuestra casa las botellas de este tipo, tenían su lugar asignado bajo una alevosía prácticamente invisible. Siempre estaban sobre la mesa del comedor.

Al principio para Ellos fue muy entretenido y divertido, porque era lo más parecido a poner veneno para una rata y esperar que se lo comiera. Eso ocurrió las primeras veces, y en más de una ocasión mi hermano y yo nos tomamos entre los dos alguna que otra botella, pues la botella estaba simplemente esperándonos. Como el resultado no fue satisfactorio para Ellos, tuvieron que tomar otras medidas, quizás más drásticas, pero desde luego mucho más eficaces.

Una vez que conseguían inmovilizarte sujeta a una silla, atada a la altura del pecho con las manos a la espalda y las piernas sujetas, una a cada pata de la silla. Ella te sujetaba la frente hacia atrás mientras te introducía un embudo en la garganta y vaciaba todo el líquido que contenía la botella de color verde, despacio muy despacio.

Así lidiaba mi madre con mi vergüenza y con mi honestidad.

Solo espero que en la nueva vida de felicidad plena que se ha montado, se tome alguna vez un vinito con alcohol a mi salud y que cuando brinde se acuerde de mi.

 

 

 

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