La tibia cruje al chocar con fuerza en la oscuridad contra algo tremendamente afilado, su dureza se expande con vertiginosa rigidez a izquierda y derecha, en la misma dimensión y a la misma distancia.

Percepciones, sensaciones dolorosas en contacto directo con tu mente, se suceden entre la negrura que invade ese lugar, existe tanta oscuridad que no puedes distinguir si es de día o por el contrario ya ha llegado la noche. Entre esas turbulentas y angustiosas dudas, sientes como parte del peso de tu cuerpo cae sobre la rodilla derecha, que se arrastra  sobre la base de ése horizonte invisible con el que has impactado, inmediatamente, le siguen a gran velocidad las palmas de las manos con el instinto de alerta aniquilado, por el temor de sentir rota la estabilidad que mantenía la rodilla izquierda, que ahora cae con tanto estrépito que los dedos de las manos, no encuentran ningún lugar donde frenar tanta inercia.

Aún no sabes en qué lugar exacto de la casa te encuentras. No existe la orientación, porque no existe un pasado reciente al que poder regresar, se ha esfumado en presencia de tu realidad, sólo queda una señal a modo de recordatorio. El palpitar sincronizado del corazón con las plantas de los pies. Son ellos quienes te cuentan que corrías tan rápido, que has terminado chocando con ese bloque rectangular, que te ha infringido el castigo justo y adecuado por alejarte de ellos.

Mientras un dolor ensordecedor y nauseabundo se expande como ondas sonoras por todo tu cuerpo, unas manos fuertes se aferran a tus tobillos para arrastrarte; sólo entonces sabes que has intentado correr en línea recta, frente a unas escaleras que suben hacia algún lugar superior…

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