De nuevo estoy aquí. Ni ni por un segundo quisiera yo que pensaras que repentinamente ha desaparecido mi interés por ti, no me lo perdonaría; eso no va a pasar, porque aún me queda mucho que descubrir, -¡Te lo digo ya de antemano! Para que readaptes o modifiques tus conductas, a los ojos de quienes te pudieran estar observando. –Ya sabes tú igual que yo de bien, que  eso siempre te ha importado más que tú propia vida: El qué dirán; y es que verdaderamente “el qué dirán” es primordial para tú supervivencia. –Es tú fachada.  -Pues si te parece bien, vamos a presentarte en sociedad. O si lo prefieres, mejor hablo yo de mí, para que te sea menos violento, no sea que te incomodes, mejor cuento yo una historia sobre secretos familiares.Total ya no tengo ningún interés en mantener silencios de ningún tipo, y menos si te conciernen a ti, Puta Zorra.

(Tomamos como referencia el año 1974, año de nacimiento de tu primogénita) Desde ahí, nos  trasladamos en el tiempo, y retrocedemos aproximadamente hasta el año 1976. Elijo este año, porque no recuerdo bien si fue a los dos años de casarte o a los cuatro, cuando a tu querido y amado esposo, le fue concedida la Incapacidad Absoluta Permanente, por aplastamiento vertebral.

-Si alguien te pregunta por la calle, tendrás la oportunidad de hacer las oportunas aclaraciones, sobre fechas, porque sobre el resto de datos no va a ser necesario.

Y es que este hecho es muy importante en toda la vida que he compartido contigo “so Puta”.

INCAPACIDAD ABSOLUTA PERMANENTE POR APLASTAMIENTO VERTEBRAL: Ese era su diagnóstico, el de tu marido. Y un diagnóstico siempre va seguido de unas prescripciones médicas sobre el tratamiento.  En su caso, era un tratamiento de potentes analgésicos, antiinflamatorios, antidepresivos (tengamos en cuenta que los padres de tu amado esposo no lo querían, y él se encontraba abandonado por ellos en aquel tiempo, lo que viene siendo lo mismo que decir que presentaba un cuadro depresivo mayor).  Fármacos principalmente administrados por vía intramuscular.

No he estudiado yo medicina, pero desde mis precarios conocimientos algunos de éstos medicamentos podrían tumbar a un caballo enfurecido.

Por si alguna persona se ha planteado: Cómo Ella pudo mantener durante tantos años esta situación, cómo le fue posible manejar tanto control sobre todos sus hijos, especialmente sobre su primogénita.

Porque no es lo mismo mover el cuerpo de una niña de dos años, que el de otra de cuatro; o de seis: o de doce; o incluso catorce. En principio es lógico pensar, que ésa misma niña  opondrá resistencia a medida que pasan los años, y que no será igual de fácil someterla con dos, que con ocho años.

Iluso el que piense en esa posibilidad. Para ella fue muy fácil, la ciencia hizo todo el trabajo sucio.

Su amado marido nunca hizo uso personal de su tratamiento, aunque sí viajaba periódicamente a Granada capital; concretamente al servicio sanitario de Gran Capitán al que pertenecía, para renovar dicha prescripción.

Él no tomaba su tratamiento, porque decidió que trabajar no le haría ningún bien. Prefirió otros quehaceres familiares, como la complicidad incestuosa con su esposa, que no requería de grandes esfuerzos físicos, para lo que había quedado incapacitado legalmente.

Si él no llegó a ponerse ninguna inyección…¿ puede alguien plantearse, el efecto que puede hacer una pequeña dosis de ese tratamiento en una niña de cuatro, seis, ocho, diez, doce, o catorce años?. –Tu querida mamá subías por las noches a mí habitación muy tarde, cuando calculabas que el cansancio hacía su efecto y yo ya no podía aguantar más despierta. Al principio me pinchabas en cualquier parte del cuerpo, incluso a través de la ropa de cama, la mayor parte de las veces era en el muslo, o en la cadera. Después lo fuiste perfeccionando al ver el efecto.

-¿Te acuerdas de este periodo de tu vida Mamá?  Yo sí, algunas noches aún puedo sentir el recuerdo de la aguja clavándose en alguna parte de mi cuerpo, y me despierto sobresaltada buscando a mi atacante…

Si algún día nuestras miradas se cruzaran, no podrás negar tu verdad, que resulta que es mi verdad.

 

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