Sus momentos de placer que ahora degusta con un nuevo marido. Un marido por el que se ha decidido justo al desaparecer de su vida lo más preciado para Ella, su reliquia mejor guardada, su secreto. Mientras ha controlado la existencia de su primogénita no ha necesitado ningún otro aliciente en su existencia.

Desaparece el objeto en el que podía mirarse a sí misma, y necesita otro nuevo entretenimiento. Necesita retomar su actividad sexual, ésa que ha fingido adormecida durante un largo periodo de tiempo,  simplemente para mantener el poder de su omnipotente orden familiar. Aparece de forma imperiosa su necesidad de poseer sexualmente a otro, al romperse ese orden preestablecido por Ella.  Necesita iniciar a otra persona en sus juegos sexuales, solo para no perder su autocontrol. Porque, sólo el poder de someter restablece su naturaleza autoritaria.

Y la única forma de someter a otro, es ofreciéndole a él mismo, todo ese poder sexual del que podría hacer uso, simplemente con desearlo. En cuanto aparezca el menor resquicio de deseo en la mente de su nuevo marido, Ella lo sabrá, y lo usará para doblegar su voluntad sin que en su consciencia salte ninguna alarma. Así comienza su ensordecedor embaucamiento, en el que Ella es la única anfitriona,  Ella establecerá las normas y las reglas para hacerlo real, tan real como Ella misma. Aunque, será su nuevo marido quien lleve a cabo sus deseos. Deseos que se escaparán de los cánones de moralidad. Deseos que nacerán de la parte animal del ser humano.

Desde esa parte no humana, un refulgente brillo aparecerá entonces en los diminutos ojos de Ella. En su mirada, se podrá leer con claridad: Yo haré realidad todo lo que tú desees, sólo tienes que ser capaz de pedírmelo.

Quien contemple una escena como ésta sin conocer su verdadero contenido, podría pensar que el dominante es él…cuando es totalmente al contrario.

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