Cuando la memoria no existe, el Alma camina errante por angostos recovecos, tan profundos, que sólo piedras desnudas pueden adherirse a ellos; tan afiladas y cortantes, que únicamente la fuerza de la erosión, puede transfigurarlas en hondos barrancos, repletos de invisibles precipicios, tan  profundos y oscuros que lo único que pueden albergar, son escondrijos de fieras alimañas, cuya supervivencia depende de los despojos que arrancan a través de brutales laceraciones, a la memoria de sus congéneres. Engullen lo que consideran que es su alimento, sin saber que se están devorando a si mismas.

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