La pocilga que me vio nacer en el año 1974, es en la actualidad una casa abandonada, olvidada, desterrada, infecunda, incapaz de albergar vida humana. Ya no nos pertenece, ahora su propietario es una persona de origen inglés. El día que llegó a nuestra casa por primera vez, lo recibió mi única y verdadera hermana, allí estaba ella con su larga melena de tonalidades castañas, junto a las profundidades de sus ojos verdes, él debió pensar que estaba ante un espejismo, que una hermosa sirena estaba varada en el oasis de su desierto personal.  Qué vería en ella, que en ese preciso momento, sin necesidad de conocer más de la casa, a la que acababa de llegar, dijo a través de una mirada intensa,  a quien lo acompañaba como su intérprete, que le gustaba la casa y se quedaba con ella.

Fue la belleza y las excelentes cualidades, en el arte del teatro, de la vida de mi hermana, las que lo hechizaron, fue ella quien le transmitió tal  intensidad de emociones y sentimientos que no pudo, elegir más que desear habitar cerca de ellos.  Debió ser, ese preciso momento en el que ella estaba  presente, el único instante, en el que pudo sentir de alguna manera las vibraciones, que solo pueden transmitir un torrente de vida.

Que yo sepa, sólo volvió a ir a su casa una vez más, seguramente esperando encontrar a la sirena, pero ella ya no estaba allí. El nuevo, dueño de la que había sido nuestra casa, no volvió a ir nunca más a la que ahora era la suya, podría ser que al observar su nueva propiedad completamente desnuda, escuchara los gritos eternos, de dolor y el sufrimiento rezumando de entre sus paredes, se dio cuenta de la realidad,  la sirena no cantaba, lloraba…

La casa hace unos años, bien  podría haber sido el destino turístico de cualquier persona, en busca de  paz y tranquilidad en un entorno rural.  A veces tus propios instintos te alertan a través de sensaciones que no comprendes, porque no sabes de dónde vienen, pero llegan a ser tan intensas que alteran tus actos. Esta persona sintió de alguna manera que lo mejor que podría hacer es irse de allí, y no permitir a nadie su entrada, porque podría volverse loca si la casa llegara a transmitirle, todas las muertes que ha presenciado a través de las violación y torturas que sufrían allí dos niñas.

Ese buen hombre, compro la estructura y el espacio que albergaba nuestro dolor, y la abandono al olvido, al descubrir la verdad que escondía, de alguna forma nos liberó de allí. Quién podría querer esa casa, solo Ella que aún sigue echándola de menos.

Así permanece actualmente la casa, en la puta mierda, símbolo de lo que sólo ellos representan.

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