La muerte, la suya propia, es un pensamiento afilado y cortante; que transfigura el profundo interior mental, engullendo entre sus honduras todo planteamiento, toda cuestión de quién o quiénes fueron capaces de dar forma al deseo de acabar con una vida. Quién hizo posible que existiera ese intrínseco mundo, del que no puedes ni siquiera ausentarte, sin ser delatada por tus propios pensamientos, pues solo ellos darán la voz de alarma, y quiénes crearon el mundo al que ahora perteneces, se harán presentes, como testigos mudos de tú pretendida ausencia. Con una simple mirada, reconducirán de nuevo a tú mente, replegaran los sentidos de aquellos sentimientos ambivalentes, con riesgo inminente de aparición externa, y ajena al intrincado mundo, donde se desarrolla toda esa aparente vida inerte. Y las únicas huellas visibles que dejaran tales creadores, se convertirán en marcas casi imperceptibles, que se borraran con el paso del tiempo, quedando ocultas solo para quienes no deseen verlas, sólo para ellos desaparecerán del mundo externo; nunca jamás del interno, donde la sangre, siempre brotará ante cualquier insignificante afrenta, recordatorio perenne de pasado vivo..

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