Podría decir, que siempre me ha dado pánico la llegada de la noche, especialmente el momento de ir a la cama. Los miedos iban cambiando y transformándose con el paso de la edad, aumentando siempre el nivel de ansiedad. Recuerdo perfectamente cómo podía sentir la presencia de alguien en la habitación, tan cerca de mí, que de repente estaba en mi cama.  Aprendí a mirar siempre detrás de mí cuando me iba a la cama, por si alguien venia y no lo había escuchado, a mirar debajo de la cama, detrás de la puerta, o en cualquier recoveco. Cuando estaba en mi cama el corazón siempre parecía estar desbocado, como si hubiera corrido una maratón, me sentía como un animal a punto de ser atrapado,  con todos los sentidos alertas, y el cuerpo contraído. Aunque siempre me aseguraba de que no había nadie, y así era, en ese momento no había nadie. Con todas estas precauciones, que son las únicas que puede tomar una niña, era imposible dormir profundamente, el sueño se rompía al escuchar sus pasos subiendo la escalera, el sonido de la puerta al abrirse, y su sombra recortada entre la penumbra, de la tenue luz que se filtraba por la ventana,  era lo único que podía ver de Él.

Las noches eran terroríficas, deseando que llegara el día,  no importaba el cansancio que provocaba ese terror nocturno, siempre merecía la pena tener luz con la que ver mejor, la luz te ofrece un margen de maniobra ante el peligro, pero la cuestión en sí, es que por aquel entonces no sabía de que tenía exactamente que defenderme, en aquella época solo era un miedo irracionalmente aterrador. Con el paso del tiempo he sabido que aquellas sombras las producían los cuerpos de unas personas reales, que el sonido al abrir la puerta era también real, que me arrastraban de los pies para sacarme de la cama, también era real eso, y que aquello de lo que no sabía que tenía que defenderme, eran mis propios progenitores, los dos juntos hacía reales mis pesadillas.  En la actualidad sigo sin poder dormir.

Otro aspecto muy importante de nuestra vida familiar, en esa primera etapa de la infancia, y del que guardo su recuerdo, es el teatro. El aparentar ser una familia de lo más normal, de eso también se encargaban nuestros progenitores, especialmente Ella, esa labor era propia de Ella, siempre decía esta frase que cito literalmente “ lo que pase aquí no tiene que saberlo nadie” y añadía,  la gente de la calle no tiene porque saber nada de lo que pasa en la casa. Y así fue, como nunca nadie supo lo que pasaba en nuestra casa.  Ahora desde la distancia que te da el tiempo,  veo cuanto poder y control guardaban esas palabras.  Porque consiguió a través del silencio, presentar en sociedad a una familia completamente incestuosa, y enferma, como una familia más de ese lugar en el que Vivian, sin que nadie percibiera el dolor y sufrimiento en la mirada de esas niñas.  Una psicópata como Ella, debe de estar muy orgullosa de su trabajo.

Asigno el rol que Ella consideró más apropiado a cada uno de sus miembros, el que más se ajustaba a sus propias necesidades, para asegurarse que podría esconder a la vista de los demás, la realidad de su propio mundo, que era también el nuestro, el de sus cuatro hijos.

Guardo con cariño, el recuerdo del aroma de la colonia que usaba mi abuela, las facciones de su rostro siguen estando cerca de mí, la tranquilidad que me aportaba su mirada,  su voz, el tacto de su piel cuando me abrazaba. Me gustaba ver cómo se anudaba el delantal cada mañana, era algo que siempre le gustaba llevar puesto, me divertía darle un tironcito del lazo, porque se enfadaba mucho y se reía al mismo tiempo mientras me perseguía, para obligarme a dejarlo como estaba.  A mi abuela le encantaba hacerme  muñecas de trapo, de diferentes tamaños, y también me hacia la ropa para poder vestirlas. Aunque me gustaba mucho estar con mis abuelos,  Ella normalmente no me dejaba.

En cambio no recuerdo la existencia de mis tres hermanos, para mí es como que yo he sido hija única. No recuerdo nada de ellos, como si no hubieran existido en mi vida.

Del colegio tan solo guardo un mínimo recuerdo, del primer día que llegue a la clase, la maestra me cogió y me sentó en sus rodillas, hay termina todo.

Recuerdo con una sensación de terror el momento por el que todo niño pasa, cuando se le caen los dientes de leche, salvo que a mí no me visito el Ratoncito Pérez.

Otro momento importante que ha permanecido en mis recuerdos, el tránsito de niña a mujer, y como recibía comentarios de desprecio por parte de Él, a partir de ese momento.

Estos serían los recuerdos que conservo de gran parte de mi vida, y el que no puede faltar, por ocupar un lugar privilegiado es.  El suicidio y toda la parafernalia que lo rodea, mis grandes esfuerzos por llevarlo a cabo desde una edad muy temprana, yo diría que siempre he tenido este sentimiento de autodestrucción, es como que nací con él. Todas las técnicas puestas en marcha para conseguir este objetivo me han fallado…

Este es nuestro símbolo, ya sabes lo que hacer cuando lo veas

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