Me gusta verla, sentirla y continuar mirándola. Me gusta contemplar su aspecto, su color, y no sentir nada durante un tiempo; todo lo que aparentemente es desagradable desaparece repentinamente por un tiempo. Basta con mirarla, para que todo a tú alrededor se expanda y termine espirando en un vacío inexistencial que  solo tiene forma para ti mismo. Un vació que nunca podrá encontrar un momento en el que detenerse, porque realmente no existe un lugar en el que reposar. El miedo a ti mismo nunca permitirá que encuentres lo que buscas. El miedo que puedan infundir los demás, quizás sea predecible en algún momento de esa ausencia de carencia existencial; pero aquello otro que te persigue y atormenta como una bestia feroz no permitirá que lo mires de frente. Es el poder que ejerce el control mantenido durante tantos años. Miedo, miedo a lo que cualquier figura abstracta pueda simbolizar, en un momento determinado; a lo que un aroma pueda despertar en un sueño lejano, a lo que unas palabras puedan resonar en una memoria amortajada. Miedo, al miedo de lo que buscas y no encuentras, de lo que encuentras y no buscabas, de lo que sabes sin saber que lo sabes, de lo que no sabes, pero sientes que siempre lo has sabido. Miedo, del miedo de saber más  de lo que podrías llegar a sentir en toda una vida, de la que ni siquiera puedes recordar que tú eras el actor principal de ella…

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