La muerte se aproxima al cuerpo tuyo, que yace inerte, sobre el frío banco de acero oxidado, pareciera un cuerpo olvidado, al que alguien contempla desde cierta distancia, a la espera de que el leve movimiento que aún produce su respiración, termine cesando.

La muerte ha comenzado a instalarse en su huésped, puede sentir las punzadas del corazón, cómo éste se contrae y expande en su caja torácica, con tanta violencia, que los espasmos lo hacen retorcerse. Ella misma recrea su mirada, contemplando con gran detenimiento, el frío que comienza a invadir todo el brazo izquierdo, con una sonrisa en el rostro observa cómo, no sólo su temperatura lo abandona; también el movimiento va desapareciendo, dejando de existir en toda su dimensión; y en su lugar aparece tal rigidez, que si llegase a producirse el más mínimo impulso nervioso,  lo quebraría de dolor.

El corazón debe recomponerse para un último esfuerzo. Decide bajar las pulsaciones y ralentizar el poco oxígeno que le queda, el organismo podrá sobrevivir, siempre y cuando éstas dos funciones, no desaparezcan por completo.

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