Esta historia transcurre en un pajar, teniendo en cuenta; que en el ya no existía ningún tipo de grano o paja… sólo el indefenso cuerpo de una niña de 8 años.

La luz de las velas proyectaba sus sombras, todas ellas eran largas y deformes; por este efecto lumínico, todos ellos parecían querer llegar a tocar con sus cabezas las gruesas vigas de madera, en éste lugar tan desolador, ellas conformaban el techo, y por tanto cumplían funciones propias de travesaños, sobre los que reposaban fría capas de amianto, superpuesta unas a otras, engarzadas por profundos clavos, con forma de garra que salía al exterior, donde unas diminutas anillas plateadas sujetaban con fuerza todo su peso. -Lo que comúnmente se conoce como chapas de uralita, muy usadas sobre los años 80, vease la foto del pajar-

Cuando ellos te sumergían en su interior, tus propios sentidos te engañaban y mentían con descaro, era un lugar que sólo podía fingir no ser un espacio gélido y lleno de vació. El aliento de todos ellos cuando se congregaban allí, el calor que desprendía una de las paredes, por estar adherida a ella, el conducto por el cual pasaba el humo de la chimenea, ubicada en el patio de la casa; ésa era la única verdad. En esas largas noches invernales, ellos siempre la mantenían encendida,  gruesos troncos ardían incansablemente, durante las horas de la negra muerte; eran noches de oscuros horrores, en que ni siquiera los ojos refulgentes de nuestro gato, podía encontrar cobijo entre las cenizas de la chimenea.

Si no escuchabas el crujir de las ascuas, al caer sobre ellas grande gotas de agua, ya sabías que lo que sentirías crujir serian todo tú cuerpo. Era a lo único, que tenían acceso, pues la esencia del alma, había quedado blindada hacía ya mucho tiempo y jamás podrían penetrar en ella.

Antes de llegar a cumplir ocho años, ya sabía que el cuerpo se puede recomponer ante tales ataques, pero sí alteran tú esencia como ser humano, jamás podrás volver la mirada hacia atrás. Te convertirás en uno de ellos, sin principios morales, sin juicios ni criterios propios, te unirás a la maldad en nombre de ellos; tú vida se alimentará del dolor de los que deseen vivir lejos de tí, una simple ilusión, un anhelo vano; un espejismo cruel que no te dejará ver, ni escuchar el ruido de la sangre, llamando a su propia sangre.

 

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