A los nueve años yo dormía ya en la gran sala que era la parte alta de la casa, mi hermana pequeña llegó allí al cumplir los tres años. El resto de individuos pertenecientes a ésta familia se quedaron en la parte baja de la vivienda, en el mismo dormitorio que sus progenitores, que también era una especie de gran sala, aunque más pequeña que la del piso de arriba.

Fue Ella, la encargada de estructurar su propia unidad familiar, con total y suprema premeditación ubicó estratégicamente a sus cuatro hijos.  Por algún extraño motivo, de algún modo, los cuatro podíamos percibir sus intenciones, casi podíamos escuchar la intensidad y la maldad que poseían sus pensamientos, cuando la veíamos diciéndose a sí misma –Lo que unos escuchen, no lo verán los otros –

Durmiendo unos abajo y otras arriba, eran constantes sus idas y venidas en las largas noches de tormento, su presencia siempre me asaltaba, cuando el sueño solo quería reparar en mí el agotador cansancio, de un día ya lejano.

Con el tiempo aprendí a mantenerme despierta, aprendí que sí me dormía,  Ella subía sigilosamente y sin oportunidad de defensa alguna por mi parte, terminaba clavándome una gran aguja en cualquier parte del cuerpo, aunque casi siempre encontraba alguna zona libre por las piernas, mientras me tapaba la boca con la mano, la otra bajaba el émbolo de la jeringa y un extraño líquido comenzaba a fluir en la zona donde estaba clavada la aguja, frío al principio y caliente a medida que se esparcía por el cuerpo.  Antes de que Ella terminara de llevar a cabo todo este proceso se cernía sobre mí una gran fuerza que me sujetaba casi por completo durante un tiempo que nunca podía saber cuánto era.  Mientras tanto una profunda oscuridad iba encerrándome poco a poco, podías sentirla como se acercaba hacia ti, al tiempo que la fuerza iba cediendo para dejarle paso ahora a un intenso calor que te transportaba a otro mundo.

Así despertabas en otro lugar en el que antes de sentir el frío de la avanzada noche, sentías una especie de dulzor espeso en el paladar, la necesidad de beber agua era la que te avisaba de que ya no estabas en tu cama, de que tu cuerpo había sido trasladado, de que ahora reposaba sobre un helado banco de acero, de que ya no podías moverte pero sí escucharlos a Ellos hablar entre sí, y a Ella reírse mientras me ataba más fuerte una de las muñeca y le decía a Él que tenía que hacer para ayudarla.

La visión era aún borrosa y solo parecía existir una pared deforme por las luces que proyectaba la luz de las velas, en aquella época no había luz en el pajar, estaba en el pajar. Un lugar alejado de mis hermanos y de los oídos de cualquier posible vecino, desde allí nada se podía escuchar nada.

 

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