A pesar de todas estas vicisitudes, la familia continúo aparentando relativa normalidad, hacia el mundo exterior.

No fue hasta el 25 de diciembre de 2014, fecha en que se produjo un quiebre total y absoluto, una separación radical.

En el combate cuerpo a cuerpo, a veces es necesario cercenar la cabeza del cuerpo, de todos aquellos que pretenden luchar contra ti, en tú mismo campo de batalla. En mi guerra los traidores no tienen cabida, y los aniquilo, al precio que marque la sociedad en cada momento, y al coste emocional, que requiera llevar a cavo dichos actos de separación.

Yo cuando tomo una decisión, la llevo a cabo bajo estrictos controles de criterios, y principios  propios, pues ahora nadie tiene poder suficiente, ni medio alguno, a través del cual poder ejercer la persuasión o la disuasión.  Valoro y sopeso consecuencias, y las asumo aunque no me gusten.

Ahora las órdenes de mi mente tienen peso y fuerza sobre mis actos, las dos están en el mismo campo de lucha, las dos quieren lo mismo. Y no es venganza.

Siempre he peleado con mis hermanos por llegar a un entendimiento, por llegar a hacer un uso de la razón más simple, que pueda albergar cualquier ser humano, quizás incluso de ese instinto que va impreso en nuestros genes. Pero siempre fue una lucha marcada por el desgaste, y como consecuencia se producía un apelmazado estancamiento, sin avance alguno en el campo de ésta guerra.

El 25 de diciembre, en pleno fragor de una gran batalla,  la indecisión manifestada por el miembro familiar que pertenece el 3º grado en consanguinidad, provocó que se hiciera visible el punto de fractura necesario para su aniquilación.  Después de celebrar una comida en la estricta intimidad de cuatro hermanos, sin una madre pedófila entre ellos.  Antes de llegar al postre, se hizo por mi parte una exposición de los acontecimientos vividos en primera persona, y por supuesto completamente en soledad de los últimos meses. De nuevo expresé acusaciones incestuosas hacia nuestra madre, ahora ya no haciendo referencia a las experiencias de mi hermana; no. Ahora eran las mías, con una mayor recopilación de recuerdo que no paraban de bombardearme de día y noche. En todos aparecía mi madre en escenas de abusos sexuales brutales.

La respuesta hacia mí, de este miembro de la unidad familiar, mientras seguía tomando su postre fue la siguiente: – Y eso porque no lo has dicho antes- sin ni siquiera levantar la mirada de su plato del postre. El único documento que había conseguido rescatar, y que demostraba que mis palabras eran ciertas, pues en el se leía con claridad abusos sexuales en la infancia a modo de juego.  A mi hermana éste documentó ni siquiera le interesó mirarlo, prefirió continuar con su postre, y mirar hacia otro lado, como es costumbre en nuestra familia.

Ése fue el punto de inflexión.

 

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