El segundo invitado ya es harina de otro costal.

En éste caso nos focalizamos en un individuo varón de 8 años. -¡Esto por ponerle una edad! Porque aquí su edad no es relevante, ya que a él siempre le abrieron las puertas de sus corazones, en éste caso los dos. Padre y Madre trabajaban con gran ahínco, aunque el marido siempre fue reacio a cualquier tipo de trabajo, el hecho de que fuera un varón, pues como que lo animaba. – Qué más orgullo para él que la sangre de un varón se uniera a sus grandes propósitos de vida. EL INCESTO.

Pues bien, aquí no tenemos ningún acto de control, sino todo lo contrario. El individuo varón estaba siempre más que invitado a participar y disfrutar de la vida cotidiana de ésta familia.

Para decepción de los enfermos mentales que eran su padre y madre, siempre se negó rotundamente a inmiscuirse en tales planes. De ninguna forman pudieron hacer que aceptara ni una sola de sus muchas invitaciones.

El control no aparece aquí pero la carga de culpa que depositaron entre ambos sobre sus espaldas, no es más llevadera que la cristalización que produce todo acto de control. Culpa por saber y no saber qué hacer, culpa por escuchar y no poder dejar de oír, culpa por ver y almacenar tanta información en el pozo del inconsciente, donde la culpa puede vivir sin demasiado dolor.

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