La esclavitud ha existido desde la antigüedad, y ha continuado como una parte más de la evolución, avanzando al  mismo ritmo que lo han hecho las diferentes sociedades y culturas del mundo entero. Existían y continúan existiendo formas variadas de llegar a “obtener” la condición de esclavo. Las guerras producían un gran excedente de éste material humano, destinado principalmente a satisfacer las ansias de poder de los que acababan de erigirse como sus dueños y señores.

Cuando el ser humano descubre, que otro ser idéntico a él puede llegar a convertirse en su dueño y señor, su ADN se reprograma y la carga genética, queda impresa para la eternidad.  Desconfía de aquellos que te rodean.

Quien decide apropiarse de la vida de otro ser humano, lo hace  movida por infinidad de deseos: el simple placer de regodearse en el sufrimiento ajeno, obtener beneficios lucrativos de cualquier índole, dinero, objetos, favores, reputación y prestigio, en su propio estatus de pedofilia.

Puedes vender lo que te pertenece, o mejor aún, puedes desarrollar un pequeño negocio y dedicarte a la trata de personas. Negocios ilegales, pero en constante auge de crecimiento y desarrollo.

Que mente enferma no estaría dispuesta a pagar lo que le pidieran por poseer durante unas horas algo prohibido, cuando la venta se produce en el interior de la unidad familiar, bajo el secreto más absoluto de comprador y vendedor. La materia prima no existe a los ojos de nadie, porque simplemente es una niña  callada, incapaz de levantar la mirada del suelo, sin lágrimas en los ojos que puedan quejarse de sus obligaciones.

Así de simple funciona, con silencio.

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