Gracias al COVID-19, podemos escuchar en estos días, el sonido que produce el quejido de gran parte de la estructura de nuestra sociedad.  Aunque no escuchamos el sufrimiento de los Profesionales Sanitarios, ni el lamento de los distintos Cuerpos de Seguridad, por cumplir día tras día con su trabajo, como han hecho siempre,  incluso antes de esta inesperada visita del Coronavirus . Personas que ya se levantaban dispuestas a dar lo mejor de sí mismas, antes de que existiera esta temida pandemia y hoy lo continúan haciendo, porque siguen siendo  los mismos profesionales, con la misma carga de humanidad.  Continúan siendo los mismos que eran hace cinco meses. Y no suspiran por cumplir con su obligación de ir al trabajo, como mucho, se rebelan contra las injusticias que les afectan a sus pacientes  o del trato que reciben por parte de otros  ciudadanos. Son los únicos que  se merecen el respeto y la admiración de la sociedad. Por tanto ellos quedan al marguen de éste escrito. – Pero sólo ellos y unos pocos más,  que son, los que no pertenecen al grupo de los oportunistas, carroñeros que se alimentan de las desgracias ajenas.

Exceptuando a esos dos grupos, esta publicación va dirigida a la vorágine del resto de la sociedad. Una sociedad deshumanizad que involuciona a pasos agigantados.

Circulan muchos videos estos días en las redes sociales, que en algunos momentos incluso se agradecen, porque te partes de la risa.

La gente pone carteles de todo tipo en los cristales de las ventanas.  Añoran algo que han perdido, lo que ellos llaman “una vida normal” sin detenerse por un segundo a pensar, que lo que para una gran mayoría puede ser una “normalidad” para otra invisible mayoría, éste momento actual en el que estamos inmersos, podría ser, y con total seguridad es su propia realidad.

-¿Ha pensado alguien en estos días en los enfermos mentales? – y no me refiero únicamente a niños autistas, que cuentan con padres que han tenido el valor de velar por su bienestar.

Me estoy refiriendo a  cualquier persona de esas invisibles, pero que son reales y que viven lamentablemente en la misma sociedad que el resto. Son invisibles porque son rechazados, marginados y estigmatizados.

Alguien ha pensado en estos días, en cómo vive día a día una persona con trastorno obsesivo compulsivo. Esas personas que necesitan lavarse las manos cada cinco minutos, porque sienten un miedo aterrador de contraer cualquier enfermedad, por acumulación de gérmenes, bacterias, virus o demonios encendidos… Necesitan lavarse las manos si tocan algo que no está sometido a su escrupuloso control. Son enfermos con graves patologías mentales.

Pues hoy, la gran mayoría de la sociedad, gracias al Coronavirus, puede experimentar  una mínima parte de lo que sienten otros de sus congéneres.

-¿Y los esquizofrénicos, alguien ha pensado en ellos? Otros marginados, por esa maravilloso engranaje social del que todos formamos parte. Excluidos simplemente, porque no son capaces de seguir las normas impuestas por unos pocos, porque  viven en otro mundo diferente al de la gran mayoría, porque eligen dejarse guiar por las voces que escuchan en su cabeza.

-Alguien se ha planteado, ¿qué están haciendo en estos días cada miembro de ésta sociedad, que por supuesto no tiene ningún tipo de patologías mentales?

Se ha percatado alguien que en estos últimos días,  una figura humana ha aparecido en la tele de cada uno de sus hogares y le ha hablado directa y personalmente.  En todos los canales la misma voz…usted no puede salir de casa. Una figura con autoridad, que te prohíbe salir a la calle y te muestra una serie de medidas que pondrá en marcha si le desobedeces. Lo que viene siendo una amenaza de castigo.

La sociedad en su conjunto, siente que tiene que obedecer, porque es una figura con poder y autoridad sobre ellos.  La sociedad no comprende en un primer momento que una voz, les de ese tipo de ordenes tan estrictas y meticulosas, pero las voces no cesan, en todos sitios escuchas lo mismo, incluso se superponen, no paran de repetirse. La sociedad en su conjunto siente que no vive en su realidad, que su vida de repente se ha esfumado, que ya nada es como lo era antes. Todo ha cambiado. Los supermercados están arrasados, las calles desiertas, el que sale a la calle se arriesga a recibir insultos y amenazas por parte de sus semejantes que vigilan desde las ventanas. Ya no sirve que lleve protegidas las manos, los ojos, la boca y se aplique cada cinco minutos un extraño gel. Un producto milagroso que desinfecta y que todos tienen o quieren tener en grandes cantidades.

Pues bienvenidos al mundo de los “locos “como vulgarmente son etiquetados por la sociedad. Así viven un día tras otro, las personas que sufren enfermedades como la esquizofrenia, o la psicosis, o  la paranoia.  Se sienten controlados por las voces de su cabeza, sienten que han perdido el control de sus vidas, confunden la realidad con alucinaciones.

-¿Qué parte de la sociedad está más enferma?

Y del encierro y confinamiento, del que se queja la vorágine social, me río yo. Me río y mucho.

Encierro es el que sufre cualquier niño sometido a maltrato físico, psíquico y sexual, en el seno de su propia familia, o en cualquier otro lugar. Un niño que no puede gritar, porque le tapan la boca, un niño que no puede correr porque para evitar ese riego, sus propios padres lo atan y lo muelen a palos, para que no pueda ni moverse del sitio en el que ha caído desplomado. Un niño que no puede comer, porque es una forma más de control. Un niño que no puede hablar, porque no puede escapar del control de sus padres. Un niño que no puede dormir, porque no sabe que le podrá ocurrir si cierra los ojos.

Eso es un encierro, un autentico y verdadero encierro y confinamiento de por vida. Lo demás, es la miseria que ha generado la propia sociedad que ahora le salpica de lleno.

-¿Puede la sociedad rebelarse contra un sistema, que le obliga a vivir en el interior de una fuerza centrípeta?

-¿Puede un niño sometido a aberrantes abusos sexuales, escapar de sus padres algún día?

La sociedad necesita sentir para creer en aquello que le rodea, todo aquello que no es capaz de ver, pero que existe. Lamentablemente, la sociedad cada vez es más miope. La sociedad es tan ilusa, que no alcanza a vislumbrar que todo aquello que rechaza o margina, contra su propia naturaleza, o aquello otro, que pretende convertir en natural cuando no lo es, la perseguirá reclamando justicia.

La sociedad somos todos.

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