Las sombras de la noche han escapado de su tumba terrenal.  Carcajadas grotescas y rostros deformes se esconden entre una masa de oscuridad, se escuchan murmullos lejanos, como si algo se interpusiera entre  ellos y tú, como si ellos no estuvieran en el mismo lugar que estás tú.  Pero solo es una ilusión, el deseo irrefrenable de no querer aceptar una realidad que va tomando forma, al tiempo que todo tu cuerpo se va liberando de ese pesado entumecimiento, que limita y bloquea cualquier movimiento por ligero que sea.  Cuando por fin puedes abrir los ojos, el aspecto siniestro de esas figuras se está balanceando sobre ti, intentando esconder sus rostros de aspecto blanquecino y lechoso entre una especie de baile de máscaras. Sus caras se alargan y se encogen, produciendo un efecto aterrador  entre la inmensa oscuridad que las protege.  Solo cuando hablan entre ellas, sus bocas se dibuja claramente y aunque no puedes escucharlas, sí puedes sentir lo que quieren. Lo que ya te están arrancando…

Se supone que esto sería como mucho lo que podría llegar a recordar. Después de que tú, querida mamá, me metieras en el cuerpo todas las dosis que te dieron la gana de un medicamento llamado, Pentotal Sódico.  Se supone que ese medicamente impedirían la formación de recuerdos, y desde luego que hizo su efecto. Lo que el medicamento no pudo evitar, es que pudiera llegar a reconocer  esas caras deformes que se abalanzaban cada noche sobre mí, en otro entorno diferente.  Cuando tú me llevabas de paseo por la calle, cuando me llevabas al bar del pensionista, ese que regentabas más tú que tú marido. –Cuando te parabas a hablar en la calle con tus amigos, esos mismos que habían estado la noche anterior en tu casa. Solo querías demostrarles a ellos y a ti misma, que no pasaba nada, que no recordaba absolutamente nada, mientras os reíais y quedabais para la próxima noche.  -Es cierto que su cara no podía recordarla, pero sí su voz, su aliento, su olor, su forma de mirarme. Su boca.  -Y también es cierto que nadie supo nunca lo que yo sentía en aquellos momentos,  en los que tú me paseabas como una presa recién cazada, hablando de cómo era yo, estando yo presente y al mismo tiempo ausente. A nadie nunca le interesó ver más allá de aquella “locura mía” cuya principal defensora era mi propia madre.

No podía recordar su cara y eso todos lo sabían, por la sencilla razón de que no había luz en aquel lugar en el que os reuníais. Solo existía la luz que proyectaban unas velas, las velas que usaban a la altura del cuello aproximadamente, de forma que sus rostros quedaban deformados entre la negrura de una noche tras otra, al amparo que da la seguridad que produce una locura impuesta.

No tengo que decirte, que sé como se llaman esas sombras reales con las que he convivido muchos años.  Ahora me toca a mi entretenerme con ellas, eso sí, ya te digo que lo voy a hacer a plena luz del día. Y lo haré en la medida que me de la gana.

Y es que yo no soy tan mezquina como lo eres tú, mamá.

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