El silencio guarda su propia verdad, una verdad que aunque muda, encuentra formas de hacerse entender; aparece trémula en la horas de oscuridad donde puede expresarse, con total libertad, sin ser vista, donde puede incluso llegar a hacerse escuchar, usando canales que si quedasen expuesto a la luz enmudecerían. Es el trasiego nocturno el que alberga personajes de todas las calañas, con auténticas historias, los más depravados han sido capaces incluso, de apropiarse de las vivencias de otros, para adoptarlas como suyas, y aunque no les pertenecen, las despliegan como parte de su ser, como almas errantes que salen expulsadas de su conciencia, restos sobrantes de una realidad extenuante y atroz, que solo tiene cabida en las largas noches, que cabalgan entre la vigilia y el sueño.

En ese tránsito aparecen, fragmentos, pasajes, retazos de vida sin aparente sentido, que desembocan a la entrada del sueño más profundo, estancandose, uniéndose a otros en estado ya de putrefacción. Es el resultado final de tantas noches oscuras, donde el silencio se mezcla con el lodo, donde la verdad sale a la superficie de la conciencia, ya despierta.

La historia no existiría si no existieran testimonios de quienes la han vivido, cada historia tiene un origen, una verdad trascendental y única.

Todo en la vida por simple que parezca, tiene su propia historia, un origen que se transforma y evoluciona con el paso del tiempo, para terminar en la visión actual, en lo que vemos ante nosotros, pero sin perder su esencia, su núcleo, su raíz… su autenticidad.

 

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