Aquella que se proclama a sí misma invicta como madre ejemplar, debe aceptar las consecuencias de su auto-investidura como reina madre. Es quizás un cargo que se le queda demasiado grande, cuando debajo de su manto solo puede esconder la mentira de lo que es su reino. Un reino, que supo construir sobre lo que consideró unos fuertes cimientos: Un esposo, nacido por y para Ella, engendrado por la naturaleza para soportar una gran carga matrimonial, ornamentada con un elenco de elementos arquitectónicos, como estructura principal. Cuatro sólidos pilares, adosados  al muro marital; dos de ellos en sección trasversal y otros dos en paralelo; con la consecuente diferencia de cargas soportadas. Su reinado quedó erigido en el momento exacto en el que, él que iba a ser su marido y fiel esposo, aceptó obedecerla fielmente hasta que la muerte los separara. Por su parte, también Ella aceptaba un marido, que había sido rechazado por otra damisela de otro mundo cercano al suyo, tan cercano que estaba unido por pequeños lazos familiares. Para Ella eso no suponía inconveniente alguno, siempre y cuando los ojos de su marido, no se desviaran a contemplar la vida ajena. Aquí jugaba Ella su papel principal, pues había que establecer bien el papel que iba a tener cada uno, y por supuesto esa ardua tarea debía comenzar por su igual, asegurándose de que todo lo que Ella dijera, insinuara o pensará sería: escuchado, recibido o intuido por su marido, el único que podría darle realidad a su mundo. Un lugar enfermizo desde el origen de su nacimiento, como no podía ser de otra forma.

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