Qué asco siento cuando pienso en ti, en lo miserable y rastrera que eres. Capaz de cambiar de versión más que de ropa interior –Porque supongo que lo harás a diario.  

Estaba pensando en ti, como una madre normal de familia de cuatro hijos, a veces me doy ese capricho, rebusco en mí memoria acontecimientos simbólicos, en los que todos ellos hacías gala de tus típicas pataletas. Ya por últimas se te notaba que medias las palabras con sumo cuidado, pero sorpresa, sorpresa como no lo vieras venir y te pillara sin la artillería preparada.  Varias veces he visto el monstruo que llevas dentro sin que pudieras controlarlo. Me refiero ya de adulta, hace unos cinco años, a ese tiempo estoy haciendo referencia. La verdad que lo hice salir sin ser consciente, lo que verdaderamente ocurrió es que tú no te esperabas el ataque y el monstruo que llevas dentro salió en tu defensa.  La mejor defensa es un buen ataque, eso lo has aprendido tú muy bien.

En este tiempo que he decidido sacrificar  de mi vida para dedicártelo a ti, estaba rememorando tus palabras, esas que me dijiste la última vez que hablamos personalmente y que conservo en una grabación. En ellas me acusas a mí de tener toda la culpa de lo que me ocurrió, y no se queda ahí la cosa. Me acusas a mí de no haber hecho nada por mis hermanas. Sí, así lo afirmas tú, mis hermanas. La culpa era mía por saber lo que ocurría en tú hogar y no hacer nada para protegerlas.  Solo una imbécil como yo en aquel momento, no hizo más que sorprenderse de tus acusaciones. Pero hoy que las analizo sabiendo quien eres  y con un caudal de conocimiento e información del que no disponía por aquel entonces, la conclusión es bien diferente. Solo puedo decir que hay que tener poca vergüenza, o ninguna, para decir tal barbaridad a tu propia hija. Que no eras consciente de más de 30 años de abusos a tus hijas, si sumamos lo que sabemos entre mi hermana y yo de nuestras propias vidas.  Que te acababas de enterar la tarde antes, porque mi hermano había ido a hablar contigo para contarte la situación. –Jajajajajajajajajajajajaja, no se puede ser más patética y ridícula. Que tú psicóloga te había dicho que yo era la única culpable por no habértelo dicho. – Y pensar que fui yo la que te sugirió que fueras a un psicólogo. Tengo que decir que no me creo que eso te lo dijera ningún profesional, salvo que visitaras el mismo médico al que me llevabas a mi, ese que siempre miraba para otro lado. Ese igual te daba la razón a ti, no me extrañaría nada viendo lo visto.

En fin que en esa charla, tú dices que como te ibas a dar cuenta de nada, si te pasabas el día en el hospital con tus padres y tus otros hijos. Se ve que pasaste una media de 30 años día y noche en el hospital, porque fue el tiempo que duraron los principales y más aberrantes abusos sexuales en tu casa.  Y claro como tú nunca tuviste pistas de eso. Así lo dices. No tenías pistas que te hubieran hecho indagar. – ¡Tomate el coño!

También dices que tú ya has superado todo este infierno. Y me pregunto yo ¿cómo has superado algo que desconocías?-Si no me crees, te reenvío el audio por WhatsApp y lo verificas tu misma.  Aquí no se queda la charla, me recriminas a mí que no te he ayudado a sacar adelante a tú familia.

–Manda cojones la frasecita, eh – Se puede saber entonces de dónde has sacado tú todo el dinero para mantenerte a ti y a tu maldita familia, si no ha sido usándome a mí, puta zorra de mierda. – Te lo repito, si quieres te envío la grabación y te refrescas la memoria, esa que tienes tan mala.  Tu haz todo lo posible porque no nos encontremos en esta vida, porque hablar ibas a hablar en mi presencia y sin decir mierdas de este tipo.  -Igual tus amigos tienen mejor memoria que tú y hablan con más coherencia. – ¿Tú qué opinas?

Sabes cómo termina la dichosa charla. Que yo os mando a todos vosotros a tomar porculo, que no os quiero en mi vida, ni a ti por supuesto, ni a tus queridos hijos, esos dos peleles a los que espero y deseo que les destroces la vida, es lo menos que se merecen.

Y ya para terminar, antes de irme de por vida de tu casa, me recuerdas que cuando recapacite, todo lo que te he dicho, posiblemente terminaré buscándote. –¿Crees tú que he recapacitado ya lo suficiente como para buscarte?

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